A vueltas con el cerebro

Al hilo del post anterior, el otro día leí en el periódico una especie de reseña de varios libros que hablaban del cerebro (entre los que estaba el de Marino, que no le merecía al autor una mención más que de pasada). Por supuesto, entre esos libros campaba a sus anchas la concepción del cerebro creador, y me ha parecido interesante comentar algunas de las cosas que aparecían en esas reseñas. Creo que es interesante analizar críticamente la información de los medios de comunicación cuando se refiere a nuestra área de conocimiento, ya que al público general sin conocimientos específicos del tema se la cuelan como quieren. ¿Cuantas burradas no me habrán colado a mí en las noticias de macroeconomía, política, física, etc., temas en los que disto mucho de ser experto? Incontables, seguramente. Si me tengo que guiar por las burradas que detecto yo en las informaciones relacionadas con la psicología, entonces, amigos, estamos jodidos. Francamente, no veo ningún motivo para fiarme de las noticias relacionadas con áreas que no domino, basándome en las bobadas que hacen pasar por información veraz y contrastada en temas psicológicos (no estoy hablando necesariamente del articulo que voy a comentar, que al fin y al cabo solo es una reseña de libros).

Pero bueno, vamos a lo que vamos. El artículo empieza fuerte citando una tontería supina de uno de los libros: “antes que nada, somos nuestro cerebro y la mente que él crea […], si fuera posible trasplantar el cerebro de un cuerpo a otro, lo que en realidad estaríamos haciendo no sería un trasplante de cerebro, sino un trasplante de cuerpo”.  Parece que este autor (Ignacio Morgado) se olvida de que el cerebro es solo una parte de ese cuerpo que él deshecha, una parte como el corazón o los pulmones, igual de importante e imprescindible que estas. Parece decir que, si nos quitan el cerebro, ya no seríamos nosotros. Gracias, Ignacio, por tu sabiduría. También te puedo decir yo que, si nos quitan los pulmones, tampoco seremos “nosotros”: seremos un organismo inerte muerto, y nos pudriremos. Aunque nos dejen el cerebro intacto. En fin, vemos en esta frase en todo su esplendor lo del cerebro creador: somos nuestro cerebro y él crea la “mente”, cual dios. Es fácil rebatir esto. No somos nuestro cerebro, somos nuestro cuerpo entero, cerebro incluido. Si nos dejasen el cerebro mondo y lirondo, ese cerebro no sería nadie. Imaginad que le extirpan un cerebro a un bebé nada más nacer y lo meten en un tarro, manteniéndolo viv0. ¿Será eso una persona? Para cualquiera que piense un minuto, la respuesta es: no. Por lo menos, no lo que entendemos por persona normalmente. Para que se forme una “persona”, necesita todo su cuerpo, necesita moverse, interactuar con el mundo, con las personas… sin “cuerpo”, el cerebro (que, por favor, no olvidemos que también es “cuerpo”) no forma nada, no crea una identidad, no crea una personalidad, no crea nada de nada, porque todo lo que hace el cerebro depende de lo que le llega de fuera, sin eso no hace nada. Y para que le lleguen cosas de fuera, NECESITA al resto del cuerpo. Necesita ojos, orejas, manos, necesita piernas para moverse (o ruedas, o muletas, pero algo que le permita explorar), sin esto el cerebro no es nada, es exactamente lo mismo que un riñón en ese metafórico tarro. Es decir, identificar a la persona con el cerebro es totalmente incorrecto. El cerebro es UNA PARTE de la persona, no la persona en sí. Esta es la famosa falacia mereológica: darle a una parte las propiedades del todo.

Siguiente. Habla el autor del libro de Francisco Mora ¿Está nuestro cerebro diseñado para la felicidad?, y dice que pretende entender la felicidad desde las neurociencias, respondiendo a preguntas como ¿sienten los animales felicidad? y ¿es lo mismo la felicidad en el niño que la felicidad en el anciano?. En fin. ¿Qué nos pueden decir las neurociencias sobre estas dos preguntas? Volvemos a uno de los puntos que trata Marino Pérez en su libro: ¿qué aporta realmente conocer los correlatos neuronales de las actividades? El hecho de que a un niño “feliz” se le active un área del cerebro distinta que a un anciano “feliz”, qué me dice? ¿y si se activa la misma? ¿entonces su felicidad es igual? Pues mira, no. Para empezar, habría que ver qué es eso de la felicidad. Dudo muchísimo que, para hacer estudios neurológicos, hayan llegado a una definición científica de “felicidad” que les permita cuantificarla y detectarla claramente cuando se da. Eso para empezar. Pero digamos que lo han hecho. ¿El hecho de que los cerebros de un niño y un viejo se activen de forma distinta ante situaciones “felices” qué nos dice? Si la respuesta es que sienten de forma distinta, para eso no necesitamos los escáneres cerebrales. No solo los ancianos y niños, sino todas las personas, sienten las situaciones de forma distinta. La alegría que tú sientes es distinta de la mía, al igual que el miedo, aparte del hecho de que probablemente sintamos esas emociones ante situaciones diferentes. Entonces, ¿qué aportan los correlatos neuronales al estudio de la felicidad? Yo no entiendo mejor la felicidad de una persona si me dicen que se le activa el córtex cingulado anterior. La entiendo mejor si me explican qué cosas le hacen sonreír, por qué cosas se esfuerza, qué cosas funcionan para él como un premio, etc. Entonces entiendo su felicidad, sé cómo provocarla y cómo predecirla. Lo mismo va para la pregunta de si los animales sienten felicidad. ¿De verdad crees que mapeándole el cerebro vas a contestar a eso? Puedes saberte al dedillo las zonas que se activan en un mono cuando le das un plátano, pero sigues sin saber si lo que siente se parece en algo a lo que tú has elegido llamar felicidad. De todas formas, ya te lo digo yo: no, no se parece. La felicidad es un concepto inventado por los humanos, una etiqueta que le ponemos a algo muy difuso y definido culturalmente, que cambia de un sitio a otro. Pretender encontrar la “felicidad” en los animales es ridículo. Y además volvemos a lo mismo de antes: ni siquiera en humanos es igual de una persona a otra. Cada una tendrá su concepción dependiendo de su cultura, estudios, nivel socioeconómico, país, educación familiar, etc.

Y bueno, luego continúa la cosa de una forma más moderada y no tan estridente, así que pararemos aquí, porque lo más gordo del artículo era esto. Bueno, luego habla bien de Freud, pero por hoy lo dejaremos pasar, que no tiene que ver con el tema. Aun así por lo menos admite que ha perdido influencia, que mentía para sostener sus teorías y que más que un científico es un escritor imaginativo. Esto no lo digo yo, que conste, que lo dice el autor del artículo, admirador de Freud.

Pero nos vamos del tema. Lo que pretendía era poner un ejemplo más de cómo se tratan estos temas de forma tan ramplona y sin criterio en los medios de comunicación. Se tiene la perspectiva cerebrocéntrica como un pilar incuestionable y todo lo relacionado con la psicología y cada vez con más áreas (neuroética, neuroeconomía) se ve desde esa perspectiva, sin siquiera plantearse sus supuestos.

El briconsejo de hoy es: no os creáis nada. Vivid en una cueva alejados del mundo. O, alternativamente, leed mucho de todo y formaros un criterio. Pero esto cuesta mucho.

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Reseña: El mito del cerebro creador, de Marino Pérez

Vamos a estrenar nuestro club del libro con uno de los últimos trabajos de Marino, que últimamente parece que está hiperactivo con esto de publicar.

Este libro pretende combatir la noción moderna y cada vez más extendida de que el cerebro es fuente y origen de todo lo que hacemos, muy en la línea del post que escribí sobre como NO se originan los trastornos mentales. El mensaje principal del libro vendría a ser que el cerebro no produce nuestra conducta, pensamientos y emociones de la nada, sino que todo lo que produce está en función de lo que le llega de fuera. El cerebro es un mediador del organismo, no un generador espontáneo de cosas.

Esta concepción del cerebro como creador viene al calor del boom actual de las neurociencias. Como dice Marino en el libro, ahora parece que hay un neuro-todo: neuroética, neuropolítica, neuroeconomía… las técnicas de neuroimagen han dado pie a que se estudien los correlatos neuronales de cada actividad humana, desde la toma de decisiones hasta los raptos religiosos. La cuestión es: ¿qué nos dicen realmente esos correlatos neuronales?

Según muchos neurocientíficos, la delimitación de las áreas cerebrales que subyacen a ciertas conductas poco menos que sirven de explicación para estas. Es decir, que si yo sé qué área del cerebro se activa cuando decido comprar bonos del estado, entonces ya tengo explicada esa conducta: tu compra de bonos es causada por la activación de la zona cortical de tu cerebro, que es la que se encarga de las decisiones racionales (o algo así). Cualquiera que piense dos minutos se dará cuenta de que esa supuesta explicación te lleva indefectiblemente a otra pregunta: ¿y por qué se te ha activado esa zona? Es más, ¿por qué Paquito, el siguiente sujeto experimental, ante la misma situación, ha decidido no comprar bonos del estado? Y encima también se le ha activado la zona cortical…

La respuesta a esto no está dentro del cerebro, sino fuera: es la historia de aprendizaje. Es decir, lo que explica que tomes una decisión y no otra son las experiencias que has tenido, la educación que has recibido, los valores que te han inculcado, la sociedad en la que vives, etc. Aquí entra en juego la plasticidad cerebral, que es probablemente el mejor argumento en contra del mito del cerebro creador. La plasticidad cerebral es el fenómeno por el cual el cerebro se va modificando en base a las nuevas experiencias y aprendizajes. Es decir, cuando aprendes algo nuevo, o te ocurre algo importante, o realmente te pasa casi cualquier cosa, tu cerebro cambia, digamos que para “grabar” ese aprendizaje. Un ejemplo muy famoso y claro es el de los taxistas de Londres, que se ha visto que tienen el hipotálamo claramente más grande que los no taxistas, resultado de incontables horas aprendiendo el mapa de su ciudad (y con aprendiendo no quiero decir estudiando, sino “practicando”, circulando por ellas). Lo mismo pasa con los músicos, en los que además se observan diferencias en la estructura cerebral según el instrumento que toquen. De esta forma, vemos que las experiencias y aprendizajes cambian literalmente la estructura del cerebro, con lo cual la conclusión sería que, lejos de ser el cerebro el que produce la conducta, es la conducta y las experiencias lo que da forma al cerebro. Es decir, la forma y función de tu cerebro va a depender de lo que hagas y practiques, del entorno en el que te muevas y las personas con las que interactúes. Un cerebro de por sí no hace nada. Depende por completo del ambiente para adquirir funciones. Por ejemplo: si tú pones a un bebé humano con su estupendo cerebro en una camada de lobos y lo dejas ahí, al cabo de los años su cerebro solo servirá para cazar, luchar, esconderse, huir… olvídate del lenguaje, la lectura, las habilidades interpersonales, las matemáticas, cualquier conducta social, vestirse y hasta probablemente andar erguido. Si no le metes esas cosas desde fuera, el cerebro no las va a crear. No están dentro.

En fin, envolviendo todo esto está la moda del cerebro como explicación para todo. Hoy mismo me he encontrado este artículo en un periódico titulado “Cómo nos engaña nuestro cerebro cuando compramos”. La noción de que nuestro cerebro nos engaña es, por supuesto, una estupidez. Nos pueden engañar los anunciantes, publicistas, los que colocan los productos o los que diseñan los centros comerciales, pero no nuestro cerebro. Además, la noción de tratar una parte de nuestro cuerpo (el cerebro) como si fuera un señor ajeno a nosotros es bastante ridícula y, peor, totalmente equivocada a la hora de estudiarlo. No podemos desgajar el cerebro de nosotros mismos, y además, según hablan algunos neurocientíficos, casi parece que el cerebro es más que la persona: nos controla, nos engaña, toma las decisiones… tomar esta perspectiva errónea (darle a una parte las propiedades del todo del que forma parte) hace que nos formemos una idea equivocada de los fenómenos. Y además tiene un nombre muy serio: falacia mereológica.

A muy grandes rasgos, estas serían las lineas generales del libro. Por supuesto, en él encontraréis muchos ejemplos de las cosas y unas cuantas decenas de citas a artículos de investigación. También os encontraréis un primer capitulo un poco coñazo, la verdad sea dicha, pero luego la cosa mejora bastante. Quizá la parte peor explicada, o desde luego la que a mí me ha quedado menos clara, sea la que expone las raíces filosóficas de todo el tema (tanto de la perspectiva cerebrocentrista como de la alternativa que da el autor, el materialismo filosófico), pero algo se puede sacar en claro, y además el resto del libro merece mucho la pena. Me fascina que cosas tan evidentes sean tan desconocidas. Ahora bien, dudaría de si recomendar este libro a alguien que no tenga formación en la materia. Aunque pretende ser un libro de divulgación, el tema es bastante específico y creo que presupone algunos conocimientos que no todo el mundo tiene. Dicho lo cual, el libro tiene chicha por todos lados y, si te interesa el tema, como poco te dará cosas que pensar.

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Nuestros amigos los pensamientos (II)

Continuemos con el tema de los pensamientos.

En relación con los pensamientos, hay un fenómeno que se da en algunos problemas psicológicos y también en cierta educación cristiana, me refiero a la fusión pensamiento-acción. ¿Qué es esto? Pues es la tendencia a equiparar pensamientos y acciones. Al catolicismo le mola mucho esto: desear a la mujer del vecino es malo, no importa si te lías con ella o no, pensar cosas malas es pecado, no importa si las haces o no, en cuanto a los pensamientos impuros… ¡cochinos! ¡Tres avemarías!. Vemos que para ellos es igual de “malo” pensar las cosas que hacerlas (con lo “bueno” son más listos: no les vale con que les desees lo mejor, tienes que poner pasta en el cepillo, marcar su casilla en la declaración y hacer buenas acciones. Pero sería bastante absurdo pedirle coherencia a la iglesia), y esta noción, nos guste o no, está bastante presente en nuestra cultura, aunque va decayendo.
Pues bien, creo que debería estar bastante claro que pensar y actuar son dos cosas bastante distintas. Yo por ejemplo prefiero mil veces que deseéis darme una paliza a que me la deis. Si pensar fuera igual que actuar, todos seríamos psicópatas, violadores, ladrones y asesinos. Yo por mi parte le he deseado la muerte a muchas personas, empezando por los ******** que hacen botellón debajo de mi casa, pero, francamente, no por ello me considero igual que un asesino convicto.

Sin embargo, para muchas personas, la fusión pensamiento-acción ayuda a que se sientan mal por pensar algunas cosas. Si a una madre se le pasa por la cabeza tirar a su tierno infante por la ventana, si te apetece abofetear a tu pareja reiteradamente hasta que entienda por qué tienes razón en todo lo que dices, si durante una entrevista de trabajo se te cruza fugazmente la idea de comerle la cola al entrevistador para que te contraten… pensar este tipo de cosas hace que algunas personas se sientan incómodas o culpables, casi como si hubieran hecho algo malo. Y esto se debe a un tipo de educación que etiqueta los pensamientos como buenos o malos y además los trata igual que a las cosas que de hecho se hacen. Lo cual es un error por dos razones:

Una: pensamientos y acciones no pueden ser tratados igual por que son, simplemente, cosas distintas.  La diferencia más importante probablemente esté en sus efectos sobre el mundo y sobre los demás: tú puedes pensar todo lo que quieras en muerte, destrucción y mutilaciones que no le harás daño a nadie. También puedes pensar si te hace ilusión en los millones que te van a tocar (esta vez seguro) en la lotería, que eso no afectará de ningún modo al mundo. A diferencia de esto, cualquier acción sí va a tener consecuencias en los demás y en tus circunstancias. Evidentemente.

Dos: nadie es responsable de sus pensamientos. Tú no eliges lo que se te pasa por la cabeza, a lo largo del día te vendrán cientos de pensamientos diferentes, muchos de los cuales ignorarás y algunos de los cuales llamarán tu atención y les harás caso. Lo único de lo que eres responsable es de tus acciones o, en el caso de los pensamientos, de lo que haces con ellos: ¿le haces caso al pensamiento y le das una bofetada a tu jefe? ¿Empujas a esa señora a las vías del metro? Tú decides. Pero el que esos pensamientos se te vengan a la cabeza no lo has decidido tú. Y no se puede ser responsable de algo que no se decide.

Aun así, puede ser difícil distanciarse de nuestros propios pensamientos y verlos por lo que realmente son: simples palabras. No son descripciones verdaderas de la realidad ni guías de nuestra acción, a menos que queramos que lo sean. A veces puede venir bien dar un paso atrás y no tomarse tan en serio lo que se nos viene a la cabeza, al fin y al cabo lo que nos va a definir como personas van a ser nuestras acciones.

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Nuestros amigos los pensamientos (I)

Bueno, pues vamos a por el post de este mes, el prometido y tan ansiado por vosotros tema de los pensamientos . Pido perdón por la larga espera y desmiento los rumores de mi boda con la Duquesa de Alba. Vamos al lío.

Aunque a veces nos esforcemos por disimularlo, pensar es una de las cosas que hacen los seres humanos. Al igual que vimos con los sentimientos, el pensar es una forma de conducta y se rige por los mismos principios, solo que tiene sus peculiaridades, que ahora vamos a ver.

La peculiaridad principal de los pensamientos es que, a diferencia de otras conductas como tocar el piano o comer ganchitos, muchas veces es invisible para otras personas. En psicología se les suele llamar eventos privados, ya que solo son accesibles para una persona, por lo menos de momento (igual los neurocientíficos del futuro encuentran la manera de conocer los pensamientos mediante escáners cerebrales de algún tipo). ¿Son los pensamientos algo especial por el hecho de que no puedan observarse? No. Se forman mediante los mismos procesos que ya vimos para las emociones, es decir, nuestros pensamientos serán de un tipo o de otro según las experiencias que hayamos tenido y cómo haya sido nuestra interacción con las personas.

Creo que la forma más clara de entender cómo se forman nuestros pensamientos es fijarnos en la evolución de los niños. Se puede argumentar que nuestros pensamientos no son más que el habla interiorizada. Es decir, se trata de una conducta que en principio es pública y que poco a poco se va haciendo silenciosa. Otros ejemplos de esto son contar (al principio los niños suelen contar con los dedos, una conducta motora clara, hasta que aprenden a hacerlo sin esa ayuda. Aunque ahora no veamos como cuentan, la acción que están llevando a cabo es la misma) y leer (al principio los niños solo saben leer en voz alta, el leer callado es una habilidad que se adquiere con esfuerzo). De la misma manera, un niño pequeño siempre comenta todo lo que le pasa por la cabeza (“ahí está la pelota”), y poco a poco va aprendiendo a dar esa misma respuesta pero sin vocalizarla. Esto es lo que llamamos pensar. Quería enfatizar la continuidad del habla con el pensamiento porque así es más fácil ver que pensar es una conducta más, como sumar o coger una taza, solo que a medida que el niño crece se le insta cada vez más a que hable “en bajito”, al igual que se lee en bajito. Para el que no lo supiera, hasta el siglo X todo el mundo leía en voz alta (la biblioteca de los monasterios debía de ser un guirigay), hasta que se fue asentando la costumbre de hacerlo callado. Esto sirve como ejemplo para ver que algunas cosas que damos por sentadas y vemos como lo más natural, como el leer callados o el “hablar callados” (pensar), no son sino hábitos adquiridos, que en nuestra sociedad y nuestra época son así pero que pueden ser (y han sido) de otra forma según la cultura.
El hecho de que sean hábitos adquiridos y culturalmente variables nos indica que son moldeables a través del aprendizaje y la experiencia, con lo cual las leyes del aprendizaje serían aplicables también a los pensamientos.

Es decir, que si a mí desde pequeño me refuerzan un cierto tipo de verbalizaciones, será más probable que en el futuro las repita. Si ciertas verbalizaciones me son útiles para conseguir cosas (que mis padres de den de comer, me pasen la pelota, me consuelen o jueguen conmigo), tenderán a repetirse en el futuro en situaciones similares. Esto mientras el niño dice en voz alta lo que piensa. A medida que va aprendiendo a callarse los pensamientos, éstos se irán reforzando según su utilidad en las distintas situaciones.
También las interacciones con los padres u otras figuras importantes ayudan a dar forma a nuestros pensamientos. Ellos son los que nos enseñan a poner nombres no solo a las cosas, sino a las emociones (cuando el niño llora, le enseñan que eso es “pupa” y más tarde “daño”) y las relaciones/interacciones con los demás (“el gato está enfadado porque le has tirado de la cola” o “tu primo está contento porque le has dado un juguete”). Como veis, no solo se están etiquetando emociones de los demás, sino que además se enseña cierta forma de analizarlas o ver su lógica. Como es natural, cada padre etiquetará las situaciones de manera distinta y las explicará al niño también de manera distinta, con lo cual se empieza a formar la manera particular que tiene cada uno de pensar en las cosas.
Por ejemplo, si los padres de Pepito Jr. siempre le explican todo en términos como estos:  “no tienes postre porque eres un cochino”, “hacer eso con los rotuladores es de cerdos”, “se te cae porque eres un inútil”, etc. es probable que Pepito Jr. no tenga una opinión demasiado favorable de sí mismo. Aprenderá a pensar que es un ser humano defectuoso y a explicar las cosas que le pasan en base a esos defectos.
Otro ejemplo: unos padres que dan constantemente el mensaje de “no juegues con eso que es peligroso”, “no vas a la fiesta de Juanito que a saber qué te pegarán los otros niños”, “ten cuidado a ver si te vas a cortar con la pelota de goma” y demás, fomentan que el niño piense sobre lo que le rodea en términos de peligros y calamidades.

Y así en general. Por supuesto, en la vida de cada persona hay cientos de miles de interacciones, en situaciones distintas y con objetos y personas diferentes, así que el estilo de pensamiento de una persona está sujeto a infinitos matices, no es tan simple como “piensa cosas tristes” o “es confiado”, aunque a veces nos guste simplificar. Pero aunque luego se complique la cosa, lo que me interesaba era explicar los mecanismos básicos que hacen que uno tenga un tipo de pensamientos y no otros.

Ya que estamos con esto, voy a reiterar una idea que ya he expuesto en otros posts, porque soy así de pesado y porque me han dicho que no todos vosotros repasáis cada semana todo lo que he escrito (os parecerá bonito). Lo repito: muchas veces se tiene la idea de que son los pensamientos los que nos mueven a la acción. Es decir, que el pensamiento es la causa del comportamiento. Como ya he explicado, esto no es así. El pensamiento no es causa de la conducta, sino una parte de ella, y por lo tanto no nos sirve para explicar el comportamiento, sino que al contrario es algo que debemos explicar. Decir que soy un borde contigo porque pienso que me estás engañando sólo me deja con la pregunta de “¿y por qué pienso eso?”. Y ya hemos visto cómo contestar a esto.

Por hoy acabamos, pero no se termina aun el tema de los pensamientos. En breve (juro que será realmente en breve) pondré la segunda parte de este post. Hasta entonces, a portarse bien.

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Inteligencia y test de inteligencia

Si estás leyendo este blog, entonces se te presupone una gran inteligencia. Pero, ¿qué es la inteligencia? ¿es heredada o se puede adquirir? ¿es cierto que el nuevo Ariel lava más blanco? Tranquilos, el psicólogo enmascarado saciará vuestra sed de información.

Bueno, para empezar a abrir boca, hay que decir que la inteligencia como tal no existe. No hay una cosa que sea “la inteligencia” ni nada de eso, es un concepto que pretende unificar una amalgama de fenómenos diversos y no demasiado comprendidos. En lo que los psicólogos llaman inteligencia influyen factores como la atención, el razonamiento, los conocimientos adquiridos, la memoria, la percepción visual y auditiva… algunas de estas cosas coinciden con lo que se entiende popularmente por inteligencia y otras menos.

Lo primero que hay que recordar es que la inteligencia no es una cosa que se haga, sino que uno hace todo tipo de cosas de una forma que podemos evaluar de más o menos inteligente. Es decir, sería con más propiedad un adjetivo que un sustantivo: hacer las cosas poco o muy inteligentemente. ¿Cómo evaluaríamos si algo está hecho de una forma más o menos inteligente? Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que la inteligencia sería una “capacidad” relativa, es decir, que habría que medirla en relación a algo, o más bien a alguien: el resto de la población. Eso es lo que se ha hecho con los test de inteligencia: se pasan a una amplia muestra de la población para hacer una media, y luego cuando te lo pasan a ti te sitúan con respecto a esa media (el proceso es más complicado, pero esta es la idea general). Esto nos lleva a la pregunta de qué tipo de tareas o pruebas se hacen para “medir” la inteligencia. Los creadores de test lo que han hecho es agrupar los distintos tipos de pruebas en categorías (razonamiento verbal, coordinación viso-motora, razonamiento numérico, etc.) y diseñar problemas de nivel creciente dentro de cada una.
Pero bueno, esto serían ya problemas de medición. Vamos a intentar ver primero qué entendemos por inteligencia.

Es triste pero la definición de inteligencia más extendida es “inteligencia es lo que miden los test de inteligencia”. Aunque las definiciones operacionales tengan su lugar en la ciencia, lo cierto es que esta suena bastante lamentable. Si yo tuviera que dar mi propia definición de andar por casa (y oigo como clamáis para que así sea), sería algo así: la facilidad relativa para realizar nuevos aprendizajes, ver relaciones entre eventos, solucionar problemas y retener en la memoria información relevante. Sé que es una definición penosa y horriblemente general (¿que diablos es “solucionar problemas”?), pero si la analizamos cacho a cacho a lo mejor sacamos algo en claro.

Para empezar, no he hablado en mi definición de una “capacidad general” porque no creo que tal cosa sea útil a la hora de estudiarla a nivel psicológico, aunque seguramente sí lo sea para ver las bases genéticas. Se puede hablar de una inteligencia general de la misma forma en que se puede hablar de un “estar fuerte en general”, pero luego cuando te pones a analizar las cosas a nivel concreto empiezan los problemas: por ejemplo, si comparamos a Mike Tyson con Carl Lewis, ¿quién es más fuerte?. Hombre, Tyson me tumba de una hostia y eso es lo que normalmente se asocia con “ser fuerte”, pero si nos fijamos en el resto del cuerpo (que no solo los brazos tienen músculos), vemos que seguramente las piernas de Carl Lewis sean más fuertes, ya que le permiten desplazarse a mucha más velocidad. Aparte de ser más fuertes, tiene una técnica aprendida para correr que le suma eficacia.
Estas mismas disparidades son las que nos encontramos con la inteligencia. Por un lado, tenemos la noción popular, y luego tenemos lo que los expertos entienden cuando se ponen a estudiar el fenómeno. Por otra parte, se puede caer (y se cae) en el error de la “inteligencia general”, que tiene los mismos problemas que la fuerza en general. Mike Tyson es más fuerte en unos aspectos que Carl Lewis, y viceversa. De la misma forma, alguien que tiene una memoria prodigiosa pero poca capacidad de razonamiento será capaz de realizar comportamientos que calificaremos de bastante inteligentes, pero tener otros que consideramos estúpidos. Asimismo, igual que Tyson y Lewis han mejorado algunas de sus capacidades con entrenamiento, los distintos comportamientos también pueden entrenarse hasta que alcancen el nivel que un experto pueda considerar inteligente. No hablo solo de la memoria, se puede entrenar la concentración y atención, la capacidad de razonamiento, etc. Además todas las tareas se ven influidas por factores que también hay que tener en cuenta, como la coordinación viso-motora, o las capacidades auditiva y visual. Quiero decir que tú puedes ser excelente en una tarea pero, por culpa de tu torpeza motora, puedes tener un mal rendimiento, y lo mismo va para las capacidades visual o auditiva: pueden ayudar o entorpecer el rendimiento de una tarea, sin que las consideremos exactamente parte de la inteligencia.

Evidentemente hay límites a lo que cada uno puede llegar a conseguir con el entrenamiento. Simplemente, cada cuerpo está hecho de forma distinta, así que por mucho que yo practique, no llegaré a jugar al tenis como Rafa Nadal, y por mucho que estudie y entrene mi capacidad de razonamiento, no llegaré a ser como Einstein (mis metas son bajas, como veis…).

Ante la pregunta de qué es la inteligencia, yo tengo que contestar: ¿inteligencia para qué? Porque al final, incluso los que defienden la idea de una inteligencia general, a la hora de medirla diseñan tareas concretas que miden capacidades diferenciadas.
Antes he dicho que el estudio de la inteligencia general puede tener sentido a nivel genético. Al igual que factores genéticos influyen en que un cuerpo sea más musculoso, atlético o tenga una complexión más proclive a la fortaleza física en general, lo mismo se puede decir del cerebro: hay factores genéticos que influyen en la cantidad de conexiones neuronales o la estructura cerebral, cosas que están relacionadas con la idea general de inteligencia. Aquí si podríamos hablar de inteligencia general. Sin embargo, cuando estamos estudiando el rendimiento de un organismo concreto (de una persona), entonces solo podemos hablar de comportamientos concretos ejecutados con mayor o menor eficacia (lo que sería: con más o menos inteligencia). Si una persona es eficaz en muchos tipos de tareas distintos, pues decimos que es inteligente en general, pero no tenemos que olvidarnos de que esta palabra, “inteligente”, no es más que una especie de resumen de su rendimiento en muchas tareas pequeñitas, que esa persona no posee una capacidad única llamada “la inteligencia”, sino que debido al cerebro que sus genes le han dado y a sus experiencias y aprendizajes, realiza X tareas de forma muy eficaz en comparación con las demás personas. Por eso debemos tener precaución al hablar de la inteligencia así, en general y como si fuera una cosa única que podemos poseer.

Bueno, digamos que he hecho mi test de inteligencia y he sacado buena nota… ahora a triunfar en la vida como los Chichos, ¿no? Si piensas eso, la vida se va a encargar de darte una sorpresa… se ha demostrado que los resultados de los test de inteligencia no están correlacionados con lo bien que te vaya luego en la vida (no me acuerdo como medían esto de “irte bien en la vida”, pero me imagino que mirarían el nivel de ingresos, indicadores de depresión o enfermedades mentales, red social, satisfacción subjetiva y cosas así). Resulta que tu puedes tener un cerebro estupendo y luego ser un puto desastre a la hora de gestionar tu propia vida, puedes tener una “inteligencia” muy alta y luego no saber usarla o hacia dónde dirigirla… y es que la capacidad para elegir metas vitales y saber seguirlas no la miden los test de inteligencia. Lo único con lo que correlaciona una buena puntuación en un test de inteligencia es con sacar buenas notas. Es decir que si tienes un alto cociente intelectual, es más probable que tengas sobresalientes. Pero no te exime de que te peguen los demás niños o de que las chicas no te hagan ni puto caso, o de irte al paro nada más acabar la carrera.

En resumidas cuentas: la inteligencia es un adjetivo que deberíamos ponerle a los diferentes comportamientos que tenemos, no es un capacidad que tengamos. Hay un importante factor genético en la inteligencia, pero también se pueden entrenar (y mucho) sus aspectos concretos. Pero tampoco te mates demasiado porque tener una alta inteligencia no te garantiza que te vaya a ir bien. Mi consejo: procura escoger unos padres millonarios. Entonces te irá bien.

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Las emociones

¿Qué son las emociones? ¿Cómo funcionan? ¿Para qué sirven? ¿Tendrá el psicólogo enmascarado la desfachatez de decir que son parte de la conducta? La respuesta a todas estas preguntas es: sí. Bueno, quizá solo a la última. Ahora veremos el resto.

¿Qué son las emociones? Las emociones son una de las tres cosas que hace el ser humano, junto con pensar y actuar. Al igual que estas últimas, las emociones que tenemos toman forma según nuestras experiencias: si tendemos a ser iracundos, a sentirnos culpables, a tener miedos… todo eso está en función de nuestras interacciones con los demás y con el mundo. Las emociones son reacciones de nuestro sistema nervioso y nuestro cuerpo en general a distintas situaciones, y cumplen funciones específicas.

Se han hecho cientos de listas de cuales son las emociones básicas, cada una de ellas diferente, aunque por supuesto hay favoritos que se repiten, como la ira, el placer, el asco, la tristeza, el miedo, la sorpresa o el desdén. Hay muchas más y, como he dicho, varían según el autor que consultes. Distinguido público, ¿qué os llama la atención de una lista como la que os he expuesto? En efecto, justo lo que estabais pensando: casi todas son cosas desagradables de sentir. ¿Y eso por qué? Venga, que esta también la sabéis… ¿no? qué decepción, ¡fuera de mi blog! Ah, veo que el de atrás levanta la mano: así es, la respuesta es que, al ser máquinas creadas por la evolución para sobrevivir, es más importante para el organismo detectar y diferenciar situaciones dañinas o peligrosas que prepararnos para sentir 15 tipos diferentes de placer. Es la misma razón por la que nuestra piel tiene muchos más receptores para el frío que para el calor: para nuestro cuerpo es más peligroso el primero.

Vemos, entonces, que las emociones son reacciones de nuestro organismo ante diferentes situaciones, que nos preparan para la acción. Tenemos unas pocas reacciones emocionales innatas, como por ejemplo el miedo al vacío, pero, como cualquier aficionado al puenting os podría contar, pueden ser cambiadas e incluso totalmente invertidas por la experiencia. Prácticamente todas nuestras reacciones emocionales se construyen de esta manera, a través de las diferentes experiencias que vivimos.

¿Para qué sirven las emociones? Como he dicho, las emociones sirven para reaccionar de manera útil ante las situaciones. El problema es que nuestro cuerpo está diseñado por la evolución para enfrentarse a situaciones muy distintas de las que existen actualmente en sociedades como la nuestra. Nuestro cuerpo y sus reacciones emocionales están estupendamente preparados por cientos de miles de años de evolución para enfrentarnos con depredadores, frío, falta de comida y condiciones duras y peligrosas en general. El kit emocional que tenemos se amolda a un mundo y unas condiciones que ya no existen para nosotros. Nuestros problemas no son la escasez de comida, las manadas de lobos o que nos asalte la tribu de al lado, sino que nos echen del trabajo, que mi novio me ponga los cuernos o que se me muera mi perro. La cosa es que, ante estas situaciones, tenemos el mismo repertorio emocional que teníamos para enfrentarnos a situaciones de vida o muerte, y esto a veces da lugar a problemas, porque sentir lo mismo al hablar en público que al ser atacado por un león es, francamente, una jodienda.

Bueno, entonces, aparte de para molestar cuando las cosas van mal, ¿para qué sirven las emociones? Las emociones normalmente nos mueven a la acción. Cuando tenemos una reacción emocional molesta, normalmente hacemos cosas para quitárnosla de encima: el miedo, por ejemplo, tiende a propiciarnos conductas de huida (las cuales nos calman), la culpa tiende a producir conductas de reparación (pedir perdón, hacer regalos…), la ira nos suele producir respuestas agresivas (verbales o físicas), etc. Es decir, las emociones nos avisan de que estamos en una determinada situación y nos “facilitan” que actuemos de la manera adecuada para solucionar esa situación.

¿Cómo funcionan las emociones? ¿Por qué algunas personas se sienten culpables ante cosas que a otros les dan igual? ¿Por qué a mí me dan miedo las zarigüellas y a los demás no? ¿Qué ha pasado para que Pepito sea un iracundo que se enfada por todo? Entramos en el terreno de la función de las emociones. Creo que va a ser más claro si lo explico con ejemplos. Imaginaos un niño que quiere un Kinder Chocolate™. Se pone a berrear y patalear como si no hubiera un mañana y papi, que no está para tonterías después de su dura jornada laboral, le compra el Kinder. El niño, satisfecho, se calla y come con deleite su chocolate. Imaginemos decenas de interacciones como esta, en las que el niño consigue lo que quiere a base de berrear porque sus padres no aguantan verle así. Avancemos unos años hasta su adolescencia. Ahora el niño quiere dinero para salir, o no quiere cenar acelgas, o no quiere que su madre abra la puerta de su cuarto (no porque estuviera pelándosela, válgame dios, sino porque estaba muy concentrado en el estudio). Se irrita con facilidad y, con más facilidad todavía, grita o insulta a sus sufridos padres que, incapaces de tolerar eso, le dejan en su habitación o le dan los 10€ para el cine, que total tampoco merece la pena pelearse por eso. Imaginemos, de nuevo, decenas, si no cientos, de interacciones como estas. ¿Qué está pasando? Desde pequeño, nuestro niño ha aprendido que, en situaciones de necesidad, frustración, o simplemente cuando quiere algo, ser iracundo funciona. Si eres iracundo, papá y mamá te darán lo que pides y te dejarán en paz. Además, en el cole también puede funcionar, y más en la adolescencia: ser iracundo, insultar a la gente y no dejar que te rallen es guay. Luego ya te echarás novia y querrás mantener un trabajo, y entonces no será tan guay, pero para entonces ya serás un plasta insufrible. La ira, o la irritación o como queráis llamarlo ha adquirido una función para ese niño porque le ha sido útil para conseguir lo que quería. Si sus padres hubieran ignorado sus pataletas (aunque sea difícil) y solo le hubieran dado Kinder Chocolate™ cuando se portara bien, si no le hubieran tolerado las malas contestaciones y le hubieran dejado sin dinero cada vez que les insultase, entonces no tendríamos delante un chaval iracundo, por que la ira no habría tenido ninguna función útil, y habría aprendido que para conseguir lo que quiere, lo más eficaz es hacer otras cosas (portarse bien, ser agradable, fingir que escuchas a los pesados de tus padres…). Es así como las emociones adquieren su función diferente para cada uno de nosotros, a través de nuestras interacciones con los que nos rodean y con nuestro entorno. Dependiendo de lo que a cada uno le haya sido útil o le hayan fomentado, así serán sus emociones (y lo mismo se puede decir de los pensamientos y las acciones).

Desde luego, dependiendo de las experiencias, las emociones que sentimos se pueden transformar, refinar y diversificar de mil maneras. No nos quedamos en la lista de las emociones básicas (sean las que sean). Podemos aprender a sentir diferentes tipos de placer, por ejemplo, a disfrutar del sushi, del sabor amargo, de algo tan asqueroso como los cigarrillos, en fin, de mil cosas que al principio no nos causaban placer o lo hacían muy poco. Podemos sentir las emociones con muchos matices según las cosas que nos hayan ido pasando, y tener diferentes tipos de miedos, de ansiedades o de culpas, según a quién tengamos delante o la situación en la que estemos.

Y en cuanto a mi última pregunta (¿Tendrá el psicólogo enmascarado la desfachatez de decir que son parte de la conducta?)… pues sí, el psicólogo enmascarado tiene desfachatez para todos, sin discriminación. Las emociones son parte de la conducta, ya que son reacciones del organismo que tienen una funcionalidad y que se modifican por la experiencia siguiendo las leyes del aprendizaje. Y eso es la conducta.
Otro día, los pensamientos.

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¿Qué hacer cuando un conocido necesita ayuda psicológica (y no lo sabe)?

Tras un merecido descanso de unos días, vuelve el psicólogo enmascarado para iluminar vuestros caminos. El tema de hoy me parece interesante, pero es quizá demasiado general para que pueda ser de ayuda en un caso concreto. Aun así, puede ser útil dar algunas pautas generales si luego se rellenan los huecos con los detalles concretos de cada caso, que siempre van a ser diferentes. Haré esto y pondré ejemplos.

Hay ocasiones en las que, como los cornudos, los que tienen un problema psicológico son los últimos en enterarse. La gente de su alrededor (familia, amigos, pareja, compañeros de trabajo…) ven claramente cómo alguien a quien conocen cambia, entra en depresión, pierde amigos constantemente porque es un borde o entra en un rapto de histeria si alguien descoloca sus cosas. Muchas veces la gente a la que le pasan estas cosas las justifica de manera estupenda (“¿Cómo quieres que no azote al niño con la escoba si me ha desordenado mis bolis? ¡tendrá que aprender!” 0 “¿qué culpa tengo de que todo el mundo sea imbécil menos yo?”), pero las justificaciones no suelen cambiar la realidad. Por muy justificado que te parezca, cabrearte por cualquier nimiedad y mandar a la gente a la mierda hará que te quedes sin amigos y la gente te odie, y eso es algo que probablemente no quieras. Y ser ordenado está muy bien, pero si entras en shock cada vez que las cosas no están en su sitio te auguro una vida muy desgraciada. Pero, hasta que las malas consecuencias de sus actos no se acumulan lo suficiente o se pegan un buen palo, la gente con este tipo de problemas no suele reaccionar, precisamente por lo fácil que es inventar justificaciones para lo que hacemos (esto de justificar nuestro comportamiento a toda costa es algo que hacemos todos, por cierto, no es que sea nada raro). ¿Qué podemos hacer para que nuestros queridos conocidos reaccionen antes de que las cosas se pongan muy feas? Veamoslo:

– Lo primero es lo obvio, hablar con ellos y exponerles claramente la situación (con “claramente” no quiero decir que le sueltes “eres un cabrón con pintas”, sino algo más diplomático). Esto suele ser profundamente inefectivo, pero hay que hacerlo, aunque sea para que cuando tomemos otras medidas sepan por qué lo hacemos. Lo que les digamos debería ser una descripción lo más aséptica posible de su comportamiento problemático, sin juicios de valor, por ejemplo: “¿Pepito, te das cuenta de que cada vez llegas más tarde al trabajo porque tienes que comprobar 50 veces si la puerta está cerrada?” Si emites juicios de valor (“Pepito, eres un neuras insoportable”), la otra persona seguro que reaccionará mal, aunque seas suave.
Después habría que añadir cómo te afecta a tí el tema (“me preocupa que te puedan despedir” o “me haces sentir incómoda cuando berreas en medio de la calle, cariño”) y, finalmente, sería bueno exponer las consecuencias que su comportamiento está teniendo (perder amigos, perder tiempo, sentirse mal, convertir al niño en un maníaco homicida…).
Como he dicho, el simple hecho de decir las cosas rara vez va a hacer que cambie el comportamiento de la otra persona, así que esto no es más que un primer paso.

– Aunque lo acabo de comentar, lo de resaltar las consecuencias de sus acciones merece un apartado en sí mismo, porque junto con la siguiente que veremos, es una de las pocas cosas que pueden llegar a resultar eficaces. Aunque a uno no le moleste ser un obsesivo, o estar cabreado con la gente todo el día o ser un maldito desastre, normalmente sí le molestan las consecuencias, aunque sean a largo plazo. Si ya ha perdido algún amigo, o lleva meses sin hablarse con su hermano, o le han llamado la atención varias veces en el trabajo, hay munición para hacerle ver suavemente que quizá necesita mirarse lo suyo (no necesariamente con un psicólogo, a veces basta la ayuda de la gente que te rodea) porque si sigue así, aunque tenga toda la razón del mundo, va a seguir perdiendo cosas importantes y quizá no le compense.

– Finalmente vamos a lo más eficaz, que es no facilitar sus conductas problemáticas. ¿Qué quiere decir esto en concreto? Normalmente cuando convivimos con alguien o le tratamos con frecuencia, acabamos “amoldandonos” un poco a la persona. Esto muchas veces implica que, para evitarnos problemas, muchas veces toleramos ciertas cosas y aceptamos algunos comportamientos y exigencias como lo más normal. Por ejemplo: “como a mi madre le angustia salir de casa, voy yo siempre a hacerle la compra”, “tú tardas horas en lavar los platos porque los friegas una y otra vez, ya lo hago yo”,  “para evitar que Paquito se ponga hecho un basilisco, vamos al sitio que él quiere”, o “este informe no se lo des a Pérez, que se pasará toda la tarde con él”. Este tipo de “facilidades” que le damos a la gente con problemas nos hace la vida un poco más fácil en el momento (te ahorras que se ponga como un basilisco, acabas antes la tarea), pero tienen el inconveniente de que ayudan a mantener el problema. ¿Por qué va a dejar Paquito de ponerse como un basilisco, si cada vez que lo hace consigue que sus amigos vayan a donde él quiere? ¿Y tu querida madre, cómo va a aprender que en la calle no le tienen por qué pasar terribles desgracias, si tú le facilitas que no salga nunca?
Por más que esto sea lo más eficaz para que empiece a cambiar la conducta de alguien, hacerlo bien es algo muy delicado. Corremos el riesgo de empujar a la otra persona a que haga algo para lo que aún no está perparada, y conseguir el efecto contrario del deseado. Este tipo de cosas hay que hacerlas poco a poco, y, si el caso es un poco delicado, sí convendría que fuera un psicólogo el que diseñara la intervención.

Estas son, en definitiva, las tres herramientas más importantes que pueden ayudarnos a que ese conocido nuestro busque la ayuda que necesita. Desgraciadamente, a veces simplemente no podemos ayudar a las personas, bien porque nuestra opinión no les importa lo suficiente como para que los puntos 1 y 2 resulten eficaces, bien porque no está en nuestra mano aplicar el punto 3 (quizá porque son otras personas las que ayudan a mantener el problema y no depende de tí).

Y eso es todo por hoy.

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